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Día de la Fauna Chilena

Por Paula Guaquiante, el 07/11/20.

Imagen de un tiuque en el Cajón del Maipo
Tiuque Chileno (fotografía por Rosario Nieto Chadwick)

Crecí en Santiago y siempre me alegraba al ver pajaritos en el patio de mi casa. Pensaba que en un entorno tan urbano solo podría encontrarme con palomas y gorriones. Recuerdo que en la casa de mi abuelo, que estaba en un sector rural de la Región Metropolitana, había un nido de tórtolas. Nos emocionábamos con mis hermanas cuando encontrábamos un huevito dentro. Además, muchas veces escuché decir que los zorzales picoteaban las uvas del parrón. Creo que esas eran todas las aves que yo conocía.  Podríamos agregar las gaviotas y pelícanos que, según lo que creía, eran las únicas que había en la costa y las veía solo cuando salíamos de vacaciones.

Una vez, desde la ventana de la casa de una amiga, vimos un ave diferente. Era más grande que una paloma, completamente café y con aspecto aguileño. Nos convencimos de que habíamos visto un aguilucho. Años después supe que había sido un tiuque.

En mi adolescencia tuve la suerte de estudiar en un colegio agroecológico y se me abrió un mundo de especies que no conocía. Así me di cuenta de que había muchos animales que compartían territorio conmigo, que incluso vivían en mi patio y nunca los había visto. Solo era cuestión de observar. Entendí que nunca había observado con atención lo que había alrededor de mí.

Cuando llegué a vivir a Valparaíso y pude caminar por el borde costero con regularidad, fui descubriendo aves que viven aquí y otras que vienen durante una temporada. Conocí los zarapitos y los pilpilenes, los rayadores y los huairavos, distintos tipos de gaviotas y gaviotines. Recorrí bosques y tuve la oportunidad de ver mamíferos como cururos, quiques y zorros. Tenía un patio grande, con árboles frutales y muchas flores, así que recibí visitas de chercanes, cachuditos, chincoles, fiofíos, picaflores y muchos otros pajaritos que, con el tiempo, logré identificar. Vi también orugas, escarabajos, mariposas y lagartijas, que fotografié para poder buscar sus nombres. Entendí que, si sabía cómo se llamaban mis colegas de trabajo, lo mínimo que podía hacer era conocer los nombres de los animales que viven conmigo, en mi propia casa, que es también la casa de ellos. Sabemos que lo que no se nombra, no existe, se invisibiliza, por eso me parece tan importante poder nombrarlos.

Al poder identificar la fauna, me enteré de que muchos de estos animales tienen algún estado de conservación, es decir, tienen protección, porque si no se la asignamos, su población disminuirá corriendo el riesgo de extinguirse. ¿Cómo se puede proteger especies que ni siquiera sabemos que existen? Probablemente, en nuestra infancia aprendimos acerca de jirafas, leones y elefantes, pero nunca escuchamos hablar de un chingue o una madre de la culebra; podríamos haber dibujado una cigüeña, pero no un chucao. Es increíble cómo la globalización nos ha llevado a conocer e interesarnos por los animales que solo hemos visto en televisión o en cautiverio y no por los que viven aquí mismo, con quienes compartimos territorio. Incluso, nos preocupa más la disminución de las abejas melíferas ―que son europeas― que del abejorro chileno, que es el primer insecto de Chile en catalogarse en peligro de extinción. Nuestro país tiene una gran cantidad de animales endémicos, es decir, que no solo se originaron aquí o llegaron sin influencia humana, sino que además existen exclusivamente aquí, en ningún otro lugar del mundo podemos encontrarlos. Esto es por las barreras geoclimáticas  como el Océano Pacífico, la Cordillera de los Andes y el Desierto de Atacama. Sin embargo, solemos preocuparnos más de los animales que no tienen ningún riesgo de extinción, como mascotas y animales de granja, que son todos introducidos. Esto no es algo raro, ya que hemos generado vínculos emocionales con ellos. Son los animales que conocemos desde la infancia y es completamente natural que queramos protegerlos. Pero no tengo ninguna duda de que, si pusiéramos atención a los animales nativos con los que convivimos, también nos importaría evitar su depredación. Es necesario conocer para conservar, porque solo se cuida lo que se ama y solo se ama lo que se conoce. El primer paso es observar.

Por Paula Guaquiante Blašković
Docente de Turismo Sustentable, Instituto Arcos

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